Richard Gwyn viaja por la literatura y los parajes de América Latina con la mirada atenta del cazador de sorpresas y el gesto cómplice de quien convierte a los desconocidos en amigos íntimos. El «embajador de ninguna parte» se relaciona por igual con poetas y mendigos, desmitifica la mirada colonial de célebres autores y se adentra en los misterios del español con la sabiduría de un intérprete de los sueños. Peregrino existencial, Gwyn se explora a sí mismo y termina su odisea en el sitio del origen, al lado de su padre. La paradoja de esta aventura solitaria es que el autor se convierte en el mejor compañero de viaje.